Durmiendo en el Desierto – Sleeping in the desert

[ english version below!]

Marruecos es uno de mis destinos favoritos en el mundo, por lo menos hasta el momento. Estar en Marrakech es sumergirse en el pasado y el caos, pero se puede pasar rápidamente al futuro atravesando las puertas de la ciudad antigua en un segundo . Es una fusión de arte, aromas, mezquitas, palacios y misterio. Todo llama la atención, porque es de esos sitios en los que uno se siente un completo extraño, porque nada es familiar, ni la arquitectura, ni la gente, ni la comida, ni las costumbres, pero en cuanto se comienza a conocerlo dan ganas de quedarse.

En esta ocasión , el objetivo era vivir una experiencia en el desierto, por lo que volamos a Marrakech, una de las cuatro ciudades imperiales de marruecos, también conocida como “ ciudad roja” por el color de las murallas que rodean la medina, la parte antigua de la ciudad.

Marrakech sería nuestro punto de partida para llegar a la villa de Zagora, punto de inicio del desierto que se encuentra a unas diez horas de sinuoso camino, y se atraviesan pueblos de la provincia de Ouarzazate, encontrando al paso ciudades donde se han filmado películas, gente que vive de vender pintura , artesanía y hasta piedras ( hay que tener creatividad para venderlas!) , además de numerosos acantilados con vistas desérticas.

El llegar al desierto y buscar dormir allí implica además una travesía en camello de un mínimo de 1 hora, depende de qué tanto querramos adentrarnos en él. Los camellos tienen entre 20 y 30 años, son dóciles, y andan por la arena con una calma envidiable mientras los visitantes nos emocionamos de estar frente a semejante espectáculo. Hay que armarse de paciencia: el paso es lento, el sol pega fuerte, las mantas de lana a modo de asiento hacen que todo pique, pero la vista de las palmeras con la puesta del sol no tienen precio.

Quienes nos acompañan en la aventura son bereberes, hombres que pertenecen a pueblos nómades del desierto, con quienes compartiríamos una jornada única y miles de historias, que forman parte de la experiencia si nos dedicamos a conversar con ellos y entender un modo de vida completamente único: nuestros compañeros en la aventura del desierto aprendieron idiomas de estar en contacto con viajeros como nosotros. Sin libros. Sin audios. Sólo buscando relacionarse con los demás, escuchando y repitiendo, y poseen un vocabulario y capacidad de expresión sorprendente, hablando español, inglés, francés, árabe, y dialectos propios con gran habilidad.

Atravesamos dunas y distancias con ellos, y dejamos los camellos al caer la tarde para cenar en una Jaima, una suerte de tienda montada en el desierto, con alfombras y mesas bajas. Cenamos sopa caliente , que aunque suena ridículo ayuda a balancear la temperatura de nuestro cuerpo con el exterior, evitando sofocarnos de calor, y un plato servido en tajines, vajilla típica marroquí para luego quedarnos compartiendo historias con la comunidad local.

Abed, uno de los chicos que nos acompaña, con quien compartiríamos horas de charla, tiene 23 años, y nos cuenta muchas cosas: que se dedican a guiar a viajeros como nosotros, que viven en pueblos diferentes y su comunidad es mayoritariamente nómade. Que las mujeres se quedan en casa, cuidan del resto de la familia y hacen las tareas del hogar, y ellos salen a ganarse la vida. Nos cuenta que la música es muy importante en su cultura, que se transmite en la familia, y nos muestran sus instrumentos, construidos con madera y piel de cabra, los cuales utilizan en rituales y celebraciones de todo tipo. Esa noche nos tocó escucharlos a la luz de una fogata, en el medio de la oscuridad del desierto ,con millones de estrellas que no se ven en la ciudad. Nos quedamos luego conversando, nos prestan sus instumentos de percusión, e intentamos seguirles el ritmo, pero no es tan fácil como parece. Aprendí muchas cosas de ellos : desde tocar un tambor y hacerme un turbante, hasta lo difícil de moverse de un sitio a otro en un territorio tan hostil, y cómo apañárselas con lo que uno tiene para resolver la vida cotidiana, de mi suerte como mujer viviendo en una sociedad que me dio recursos para estudiar, pensar y hacer, de que cosas tan simples como la música pueden unir culturas, reunirnos alrededor de un fuego y hacernos reír y disfrutar de una noche donde el silencio de fondo reina, los camellos duermen, y nosotros somos puntos perdidos haciendo sonar un tambor.

Dormimos afuera, porque perderse los millones de estrellas que se ven sería inaceptable. Aunque luego de unas horas una tormenta de arena que nos deja ciegos nos hace regresar al interior de la Jaima.

Amanecemos a las 5.30 am, para no perdernos el amanecer. No hay un hueso que no duela, pero la vista hace que pronto nos olvidemos de eso. La luz tiene un color diferente a cualquier amanecer. A lo lejos se divisan dunas y alguna que otra palmera perdida. Con un te moruno de por medio, emprendemos el regreso , dejando atrás historias y personas perdidas entre la arena, que se quedarán en nuestra memoria y que tal vez reencontremos en otro lugar.

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Morocco is one of my favourite destinations in the world, at least up to now. While being in Marrakech, you can immerse yourself in the past, in chaos, though you can easily go back to the future just by walking through the doors of the old town in one second. The country is a fusion of art, aromas, mosques, palaces and mystery. There’s nothing that doesn’t catch my eye, since it is one of those places in which you feel like a complete stranger, because there is nothing I am familiar with, neither architecture, nor people, or food, or traditions, but as soon as you start getting to know the country , it makes you feel like staying.

On this occasion, the goal was to live an experience in the desert, and that was the reason we flew to Marrakech, one of the four imperial cities in Morocco, also known as “ the red city” because of the colour of the walls surrounding the Medina, the ancient town.

Marrakech would be our starting point to reach Zagora village, where the desert begins. This town is located 10 hours away from the capital, and to reach it you must go through sinuous roads, passing towns of Ouarzazate province, In some of these towns films were shot, in some others you will find people selling paintings and handcrafts, or even stones ( you need to have creativity to sell stones huh!). You will also see numerous cliffs with astonishing deserted views.

Reaching the desert willing to spend some nights there implies a camel journey of at least one hour, depending on how far we want to go into it. Camels are between 20 and 30 years old, they are docile, and walk through the sand with enviable calm, while us, the visitors, feel completely excited for being in from of such a sight. You must summon all your patience though, since camels walk slowly, the sun hits hard, the wool blankets that act as seats make you feel everything itches, but the view of the palm trees at sunset while riding these adorable animals is priceless.

People guiding us on our expedition are Berbers, men belonging to ancient nomad towns, with whom we would share a unique journey and lots of stories, that become part of the experience if we dedicate time to talk to them , understanding a way of living that’s completely different from ours: our travel mates learned languages just by being in touch with travellers like us. No books. No audio guides. Just by connecting with people, listening and repeating. Their vocabulary and capacity of expression is surprising , and they can speak Spanish, English, French, Arab and their own Berber dialect , all with a great ability.

We ride through dunes, leaving the camels after sunset to have dinner in a Jaima, a sort of tent that has been set up , together with carpets and small tables. We have hot soup for dinner, (which sounds insane at first, but we learn that it helps to balance our temperature with the ambient, avoiding that we suffocate after our exposure to high temperatures), and another plate served in tagines, typical cone-shaped Moroccan dinnerware. The best part is the after-dinner talk, sharing stories with the local community.

Abed ,one of the boys that stays with us, with whom we’d share hours of talking, is 23 years old, and tells us that he and his colleagues make a living out of guiding travellers like us. He says that he has lived in several towns, since his community is mostly nomad. Women stay at home, take care of the rest of the family and do the housework while they spend days in the desert. He tells us that music is very important in their culture, and while showing us their musical instruments- made out of wood and goat skin- he mentions that he learned to play with his family and they always do it in rituals and celebrations of all kind. That night we had the chance of listening to four of them playing drums by a fire, in the middle of the darkness of the desert, accompanied by millions of stars above us.

After our improvised concert, we stay sitting there talking and borrow their drums trying to follow their rhythm, though its not as easy as it seems. That night I learned too many things from them: from playing a drum, and making a turban with a scarf, to realising how hard it is to move from one place to another one in such a hostile territory, and how important it is to figure out how to deal with what you have to solving daily life problems. I also realise how lucky I am as a woman living in a society that provided me with resources to study, think and do what I want. I learn how simple things , such as music, can bring different cultures together, gather us around a fire, and make us laugh and enjoy a very special night, where silence surrounds us, camels sleep , and we are lost dots playing a drum in the middle of nowhere.

We sleep outside, because it would be a sin if we didn’t with all the stars that can be seen outside, though after a few hours we have to go back into the Jaima because of a storm sand that leave us blind.

We wake up at 5.30 am so as not to miss sunrise. All our bones hurt after sleeping only for a few hours in a thin mattress, but the landscape makes us forget about that in a second. Sunlight has a completely different colour from any other sunrise we’ve seen, and we can distinguish dunes and some lost palm trees. With a Moroccan tea in hand, we go back to civilization, leaving behind stories and people that will stay with us forever.

 

 

 

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